En 1790, un investigador llamado Antoni Martí i Franqués leía en la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona una memoria titulada Sobre la cantidad de aire vital que se halla en el aire atmosférico y sobre varios métodos de conocerla. El estudio hacía referencia al porcentaje de aire vital —como se había denominado al oxígeno— en el aire. Determinar este porcentaje no era sencillo, y había resultados muy diversos, que iban del 20 al 30 %, incluso cuando hacían el análisis los químicos más prestigiosos, incluido Lavoisier. Con un aparato construido por el propio Martí i Franqués y con un proceso también diseñado por él, encontró unos valores que se situaban siempre entre el 20 y el 21 %, independientemente del tipo de muestra o de la presión y la temperatura, y que hoy sabemos que estaban muy cerca del porcentaje correcto. El trabajo tuvo mucha aceptación internacional. En 1795 se publicó en el Memorial Literario de Madrid, en 1801 en el Journal de Physique y en el Philosophical Magazine, y en1805 en los Gilbert’s Annalen.
El investigador catalán fue, prácticamente, autodidacta. Martí i Franqués nació en 1750 en Altafulla (Tarragonès). Era hijo de una familia de agricultores acomodados. Estudió sin demasiado éxito en la Universidad de Cervera, pero la posición económica de la familia y su curiosidad intelectual le permitieron dedicarse al aprendizaje y a la experimentación. Además de latín y griego, sabía francés, inglés, alemán e italiano. Reunió una importante biblioteca y recibía regularmente las revistas científicas extranjeras más prestigiosas. Asimismo, pudo crear un laboratorio con instrumental de calidad.
Sus intereses incluían un campo muy amplio y experimentó en botánica, en agricultura en general y en química. En 1787 leyó en la Academia la memoria titulada Observaciones sobre el aire vital de las plantas, y en 1790 daba a conocer la que hemos mencionado al principio. También participó en la medición del meridiano de París, que sirvió para definir el metro como unidad de medida.
Pero la deriva política de la época, junto con su carácter, que hacía que trabajara de una manera bastante solitaria y modesta, lo fueron apartando de la vida pública. Entre los años 1829 y 1830 todavía mantuvo en Barcelona, adonde se había ido a vivir, una tertulia sobre temas científicos. Murió en Tarragona en 1832. Hoy, un instituto de enseñanza secundaria de esa ciudad lleva su nombre. También lo recuerda una lápida de mármol que hay en el número 8 de la calle de Santa Anna de la misma localidad, donde vivió. Y tiene un monumento en su pueblo natal.
Para saber más:
Pere Grapí. «Antoni de Martí i Franqués i la nova química del segle XVIII». Estudis Altafullencs (2001), núm. 25, p. 51-58.